Tomado de: El País México
La preocupación con el futuro de la Amazonia brasileña brilla por su ausencia en el frenesí de la campaña electoral que Brasil vive estos días, pero para los más de dos millones de habitantes de Manaos, esta gran ciudad incrustada en el corazón de la selva, es un tema imposible de ignorar. Lleva semanas cubierta de humo. En la primera mitad de octubre en la Amazonía se detectaron, a través de imágenes captadas vía satélite, 9.045 focos de incendio, un 62% más que en el mismo periodo del año pasado. La situación es especialmente grave en los alrededores de la capital del estado de Amazonas, lo que ha obligado incluso a suspender clases en los colegios y emitir alertas por el riesgo a la salud pública.
“La calidad del aire es totalmente insalubre, abres las ventanas y no consigues ver el horizonte. Desde mi apartamento se ve el río Negro, pero ahora no veo el puente y a veces, ni el río”, explica a EL PAÍS por teléfono Carlos Barbosa, productor audiovisual. A pesar de la legendaria humedad de la Amazonía, tiene su piso repleto de cubos de agua para humedecer el ambiente, extremadamente resecado por el humo. Quedar con amigos en el bar de la plaza o salir a correr por el parque, imposible. Todo empeora por las noches y sólo mejora cuando llueve, algo poco frecuente en esta época del año.
Manaos lleva varias semanas con la peor calidad del aire del mundo, pero para sus habitantes no es algo tan novedoso. La situación se repite cada año en estas fechas, aunque este octubre está siendo especialmente virulento. El sábado, la Defensa Civil envió una “alerta severa” a los celulares de todos los vecinos pidiendo que no salieran de casa y en caso necesario, que lo hicieran con máscara. La calidad del aire era “pésima” en 14 de los 15 sensores repartidos por la ciudad. En ciudades vecinas como Autazes ya se ha detectado congestión en hospitales y centros de salud por enfermedades respiratorias.
El Gobierno ha desplegado más de 300 brigadistas y 11 avionetas para ayudar a los bomberos y las autoridades locales a contener las llamas. Obviamente, la biodiversidad, las poblaciones indígenas y en general quienes viven en la selva son los más afectados, pero la temporada de incendios tiene consecuencias a veces inesperadas: en la productora de Barbosa, por ejemplo, están teniendo que adaptar el calendario de trabajo. Tradicionalmente, no rodaban en los meses de la estación húmeda para evitar las lluvias. Ahora apenas se puede rodar en la estación seca, porque es imposible captar un cielo azul o el sol anaranjado en un atardecer.
Las explicaciones para ese cielo pintado eternamente de gris blanquecino están en la mano del hombre. Ane Alencar, directora de Ciencia del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (Ipam), explica a este diario que la mayoría de incendios son provocados. En general, se cala fuego a la selva para abrir espacio para la ganadería. Todo se agrava porque la selva es un polvorín, está especialmente seca por los efectos del super El Niño de este año.
Además, advierte que el pico de las últimas semanas podría tener relación con el clima electoral, porque el mes de septiembre fue el segundo mes con menos incendios de la historia, pero todo cambió a partir del 4 de octubre: “Después de que la primera vuelta la ganara un candidato que no tiene un historial de apoyo a las causas ambientales quizá las personas sintieron que va a ganar y que tiende a repetir lo que hizo su padre, que fue desmantelar la estructura de gobernanza ambiental. Creo que predomina ese pensamiento de ‘no seremos castigados’. Eso puede haber influido”, dice Alencar.
